La utopía informacional; tecnología para desheredados.

I Tchatchipen

Publicación trimestral de investigación gitana, 2001 ENE-MAR, núm. 33

Las profundas transformaciones que las llamadas nuevas tecnologías y el efecto paralelo de la globalización están produciendo en nuestra sociedad, en nuestra economía y en nuestra cultura ponen en duda el ordenamiento social y político de nuestro mundo. La seria transformación que adviene no dejará intacta la visión eurocentrista prevaleciente del mundo que hoy conocemos. Estamos ante una nueva transformación social que está sacudiendo las instituciones, modificando la cultura y cambiando nuestra percepción del mundo; reduciendo la autoridad estatal, erosionando jerarquías y cuestionando el diseño de muchas instituciones.

Este es, sin duda, un momento particular en la historia. Por ello no podemos, de ningún modo, resignarnos ante la idea de perder la ocasión de sacar provecho de los posibles beneficios reales que la revolución de la información —a mi entender el mayor cambio de actitudes desde el descubrimiento de la imprenta en el Renacimiento occidental— pueda trasladar a nuestras vidas. La acción social y los proyectos políticos son esenciales para una sociedad que está pidiendo a gritos cambio y esperanza. El pueblo gitano —sumido en una última trinchera de resistencia cultural— ha de participar en esta nueva utopía de libertad y acceso global al conocimiento; de lo contrario, nos perpetuaremos en una dinámica espiral viciosa de marginación, racismo y aislacionismo. Hemos de aceptar la realidad social y aprovechar la fuerza transformadora de nuevas posibilidades que surgen a nuestro alrededor. La revolución de la información tiene un indudable efecto transformador en la medida en que desmantela viejos modos de pensar y funcionar. El avance de las llamadas nuevas tecnologías capacita para hacer las cosas de forma diferente. Los actuales sistemas de información y comunicación, efectivamente, pueden mejorar la eficiencia de determinados procesos.

Desgraciadamente ya tienen que haber caído en la cuenta, no es todo tan fácil como a simple vista podemos deducir. Admitiendo que lo que digo sea cierto, quedan por resolver muchas dudas; algunas tan básicas como el problema del acceso a esas nuevas herramientas y al conocimiento para manejarlas. Realmente esto que ustedes sospechan es realmente cierto. Nos encontramos ante una nueva utopía de libertad y acceso global a la información y al conocimiento que, sin embargo, vemos desvanecerse paulatinamente al analizar y observar detenidamente como se van sucedido los acontecimientos. Aquella idea de tecnología liberadora e Internet como un espacio más democrático, no es más que la visión optimista de un sueño que aparece como irrealizable. Lo que de hecho está sucediendo es todo lo contrario; se está abriendo una enorme brecha entre los que tienen acceso, a estas complejas herramientas y al conocimiento que permiten sacarle provecho, y los que no la tienen; entre inforicos e infopobres. La sociedad de la información al alcance de todos no es más que un mito; pensarán con razón. No podemos evitar resaltar que no hay futuro en una sociedad con sobredesarrollo tecnológico y subdesarrollo social.

Relegados de la historia, y fuera de la sociedad, el pueblo gitano sigue sin contar para nada en los asuntos del estado, su acción es irrisoria, su poder insignificante, su voz, por tanto, no es escuchada. Son seres libres vencidos momentáneamente por la astucia del que se cree vencedor en su papel de colonizador. Sabedor de los objetivos homogeneizadores del colonizador; el pueblo gitano vive en una situación de desconfianza y recelo hacia una sociedad mayoritaria que tiende a presionar y acosar a las minorías con las que convive. El colonizado raramente gobierna, o llega a formar parte del cuerpo político, cultural y social del colonizador. Está estrictamente alejado de las esferas de decisión y radicalmente excluido de las esferas del poder. No se siente ni responsable, ni culpable, ni escéptico; simplemente está fuera del juego. No puede sentirse un verdadero ciudadano ya que no ocupa un lugar justo en la ciudad, ni disfruta de los derechos, obligaciones y beneficios del ciudadano.

La política del poder con respecto a este pueblo ha sido históricamente de indiferencia, aniquilación de su identidad e integración traumática en el cuerpo social mayoritario. Es conocido de todos, que la historiografía eurocéntrica ha falseado sistemáticamente la historia de los pueblos no europeos, los no cristianos y de los que carecían de tradición escrita y otros elementos culturales análogos a los del colonizador. Esta es la razón histórica principal del desconocimiento de los más básicos fundamentos históricos, sociales y culturales de pueblos como el gitano. Obvia ahora decir, que cualquier aspecto esencial de la cultura gitana —como su lengua o tradiciones— es absolutamente desconocido y ha sido escasamente investigado y menos aún estudiado.

La era de la globalización es también la del resurgimiento nacionalista; pero no estamos ante este caso. El pueblo gitano nunca ha reclamado constituirse como estado, ni tan siquiera reclama el hecho nacional o de gobernarse autónomamente. No reclama tampoco una especificidad religiosa ni organizarse política o económicamente. Por supuesto, no tiene aspiraciones geográficas, tan sólo está en disposición de reclamar el hecho diferencial de su cultura y su identidad; hasta esto último les es negado. No existe, más que vagamente, una comunidad cultural y étnica organizada en torno a una lengua propia casi olvidada y a una larga historia compartida. Una identidad de resistencia basada en su etnicidad pero construida como forma de resistencia colectiva contra la opresión alienante y la exclusión injusta. La etnicidad —fuente fundamental de significado y reconocimiento— es también una estructura básica de la diferenciación, así como de la discriminación.

Tal vez, el pueblo gitano deba intentar reclamar sus derechos por una vía más adaptada a las nuevas nociones de soberanía que cuestionan las tradicionales relaciones de poder —desde el marco incontestable de la economía global— en los viejos estados-nación. Cuestión que, sin duda, interpretaríamos como una autentica reacción defensiva contra la crisis de identidad y de los sistemas de la personalidad. Pero, tal vez para ello, necesitaríamos una clase media gitana como ocurre con la comunidad afroamericana en Estados Unidos; numerosa y con buena educación, que se involucre significativamente en las estructuras del poder político. Realmente esto parece estar muy lejos; una gran mayoría de la población gitana vive en el umbral de la pobreza o por debajo de él, con una calidad de vida pésima, analfabetizada y con unas expectativas de vida más propias del tercer mundo que del estado al que pertenecen.

Este trágico panorama —que puede parecernos increíble empeorar— se va ha malograr de forma exponencial con el crecimiento de la economía de la información; menos acceso a puestos de trabajo para demandantes de bajo nivel educacional y de escasa cualificación y carencia de disponibilidad de trabajos manuales. La política explícita del gobierno —entiéndase, del signo que hayan sido— en los últimos años ha sido la de alcanzar la plena integración de la población gitana a la cultura dominante; los resultados a la vista están. Nunca hemos oído aquí hablar de políticas de acción positiva —afirmativa— que puedan ayudar a cambiar, el ya torcido rumbo de las cosas, de una forma activa y enérgica. Puede que haya llegado la hora de reclamarla.

La lógica prevaleciente es tan omnipresente y aplastante que el único modo de salir de su dominio parece ser situarse fuera de esas redes y reconstruir el sentido atendiendo a un sistema de valores y creencias completamente diferente. No hay nada que no pueda ser cambiado por la acción social consciente e intencionada, provista de información y apoyada por la legitimidad.

La revolución de la información pone en funcionamiento fuerzas que cuestionan el diseño de muchas instituciones. Desbarata y erosiona las jerarquías alrededor de las cuales se estructuran normalmente las instituciones. Difunde y redistribuye el poder; a menudo en beneficio de aquellos que muchos considerarían los actores más pequeños y débiles. Cruza fronteras y replantea los límites y responsabilidades. Por lo general, obliga a que sistemas cerrados tengan que abrirse.

La era de la globalización —por hacer un paréntesis a modo de ejemplo— con sus increíbles avances tecnocientíficos e impresionantes innovaciones nos ha permitido despejar las dudas científicas que persistían en torno al concepto de raza y, de esa forma, alejar del debate de la diferencia los argumentos persistentes del racismo más desfasado. Desde hace tiempo algunos sospechábamos que las categorías raciales reconocidas por la sociedad no tenían un reflejo sustancial en el mapa genético de los seres humanos. Ahora sabemos científicamente que las etiquetas raciales tienen más bien poco significado biológico. La inteligencia, las aptitudes o el carácter no tienen una correspondencia racial. La raza es un concepto social de poca significación científica.

Debemos de encontrar y traspasar las puertas abiertas —o medio entornadas— que encontramos a nuestro paso. Estos mismos cambios que cuestionan voluntades, ideas e instituciones ancestrales —como el debilitamiento de las jerarquías— pueden favorecen el crecimientos de redes de trabajo multi-organizacionales que permiten un mayor flujo del conocimiento y proyecta las capacidades del grupo. De hecho, la revolución de la información esta fortaleciendo la importancia de todo tipo de redes, como las redes sociales o las de trabajo, que se han interconectado para actuar conjuntamente. La revolución de la información favorece el crecimiento de tales redes al hacer posible que actores diversos y dispersos se comuniquen, se consulten, se coordinen y trabajen juntos, incluso en medio de grandes distancias, y esto, sobre la base de disponer de más y mejor información que la que nunca se había conseguido reunir a un precio asequible.

Hemos experimentado una marejada de vigorosas expresiones de identidad colectiva que desafían la globalización y el cosmopolitismo en nombre de la singularidad cultural y del control de la gente sobre sus vidas y culturas. La ascendencia de un numeroso grupo de actores sociales no gubernamentales en el ruedo internacional señala la expansión de una sociedad civil internacional y representa un espacio donde otros actores pueden ganar visibilidad. Entre esta corriente se encuentra, sin lugar a dudas, la utopía que hoy planteo. La reconquista de la identidad puede ser una etapa ineludible para que la comunidad gitana cobre firmeza y defina sus propios objetivos. Internet puede contribuir a ello por sus amplias capacidades —con una inversión mínima— de difusión y de comunicación. La puesta en funcionamiento de una red asociativa gitana de carácter global ayudaría, sin duda, a crear una herramienta fundamental para el desarrollo de esta utopía tan necesaria para el mantenimiento, difusión y recuperación de una cultura que es parte de la nuestra.

Autentica comunidad virtual, el pueblo gitano no mantiene con ningún núcleo geográfico común relación alguna de dependencia; a diferencia de otros pueblos que mantienen patrones culturales y de conducta, así como elementos fundamentales, dentro de un límite territorial originario. El área cultural, social y política del pueblo gitano no está definida territorialmente, no tiene localización geográfica; existe en el grupo mismo, en el clan, en la propia etnia; forma parte de su equipaje a la vez que conforma su idiosincrasia. Parte de esa idiosincrasia está en relación con la idolatría que el gitano profesa al concepto de libertad, que define de alguna manera su filosofía de vida y que determina en parte los conceptos de soberanía territorial que interiormente puede llegar a reconocer. Todos estos conceptos estaban solapados al concepto utópico que surgió con la entrada de Internet en nuestras vidas. Tal vez por ello opino que esta es una herramienta que puede adaptarse perfectamente en el desarrollo de proyectos muy concretos entre la comunidad gitana de todo el mundo.

El pueblo gitano no puede estar excluido del ciberespacio, no puede quedar relegado, una vez más, de las profundas transformaciones que la sociedad ha emprendido y que sin duda convulsionaran el cuerpo social. De las medidas que en ese sentido tomemos dependerá, sin duda, la configuración social de nuestro futuro. Si continuamos profundizando en el abismo de la exclusión y el profundo desequilibrio social nos veremos abocados a una sociedad caracterizada por prejuicios, con una situación de sectores de la población sumidos en la pobreza y la marginación de una forma estática y fija. ¿En qué desembocara todo esto de no tomar las medidas oportunas?; en nada bueno seguramente. Tal vez, en una situación de violencia masiva, esgrimida por los sectores más pobres de la población como expresión de furia y descontento; o tal vez, en una simple agonía, arruinadas sus voluntades por las drogas y el hastío de la podredumbre y la marginación.

Seguramente estarán pensando que me estoy perdiéndome en fantásticos vuelos tecnológicos. Nada más lejos. No puedo sentar a una persona que no sabe ni leer ni escribir, que no tiene cubiertas sus condiciones sanitarias básicas y con hambre frente a un ordenador a explicarle acerca de la cibereconomía; esto es completamente absurdo. Por lo tanto no quisiera que las reivindicaciones que estoy planteando pasaran por alto otras, mucho más justas y, con seguridad, de mayor prioridad. Comenzando por el hecho de que los gitanos obtengan un empleo, o mejoren el que tienen, más educación, ingresos más elevados, mejores viviendas, asistencia sanitaria más completa y equiparen su esperanza de vida a la del resto de sus vecinos. Las tasas de desempleo, analfabetismo y esperanza de vida de la población gitana son inasequibles para un país occidental que quiere aspirar a niveles de bienestar social y desarrollo tecnológico de primer orden. La sociedad española no ha sido capaz de proporcionar a los gitanos un lugar de igualdad en los ordenamientos sociales, económicos y culturales. Los gitanos sufren una discriminación de razones raciales que suponen un desafío para la sociedad española que se refleja en un sistema aislacionista de vida en torno a la cultura de la pobreza.

Lo que trato de plantearles es que hasta las soluciones a estas justas reivindicaciones históricas de primer orden, pasan por un cambio de mentalidad a la hora de afrontar la realidad. Las consecuencias de los cambios estructurales en el mercado de trabajo incidirán —aún más— de forma dramática en las capas más pobres de la sociedad. Éstos buscarán empleo en un mercado ocupacional que día a día se hace más difícil. No es necesario adoptar una actitud apocalíptica para comprender la desaparición de los empleos poco cualificados y para reconocer que tales empleos cada vez serán más difíciles de encontrar.

El pueblo gitano debe exigir —la sociedad debe acceder— mayores cuotas de educación, no ya una cualificación puntual que quedará obsoleta rápidamente por los cambios tecnológicos y organizativos. El crecimiento de la economía de la información exige mayor nivel de educación y reduce la disponibilidad de trabajos manuales estables, perjudicando la entrada de gitanos en el mercado laboral y enconando el problema social histórico.

Los remedios hasta ahora han fallado; hemos de buscar formulas más imaginativas que planteen soluciones de futuro. Por lo tanto, quisiera seguir incidiendo de una forma crítica en los aspectos y consecuencias que la tecnología pueda aportar a nuestro trabajo, nuestras vidas y al resto del contexto social. No podemos esperar a que las expectativas abiertas por la introducción de estas nuevas tecnologías y la globalización limiten las capacidad de comunicarnos abiertamente y modifique lo que hasta ahora ha sido sustancialmente una idea, tal vez una utopía.

Debemos exigir a la sociedad y al estado que contribuya de forma efectiva para poner en pie centros de formación e interconexión con el fin de crear las infraestructuras necesarias de acceso a Internet como a nuevas tecnologías que permitan el desarrollo en igualdad de condiciones del colectivo gitano; la introducción a una formación teórica y práctica en los nuevos instrumentos de la comunicación, como de la organización y manipulación de la información para que la comunidad gitana cree y desarrolle sus propios proyectos.

¿Cómo puede abrirse España a una Europa democrática y tolerante, sino es capaz de aceptar su propia identidad plural?. ¿Cómo vamos a poder plantearnos, ni tan siquiera, resolver los problemas interétnicos que se van a plantear en un futuro muy próximo —a causa de los flujos migratorios recientes—; cuando no somos capaces de aceptar la opción de la diferencia en comunidades como la gitana con la que compartimos más de cinco siglos de tensa convivencia?.

Daniel García Andújar es artista, miembro de irational.org y fundador de Technologies To The People. <daniel@irational.org>

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