Nostalgia

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Sobre “” (, Barcelona) y “Malévich” (La Pedrera, Barcelona)

Antes de la caída del muro de Berlín y su repercusión en la organización política del mundo, un anuncio de colonia recogía una frase del poeta surrealista Paul Eluard: “hay otros mundos, pero están en éste” (a la que, graciosamente, el anuncio añadía “hay otros hombres, pero están en ti”). Precisamente, tras la caída del muro la frase de Paul Eluard ha adquirido una resonancia que no tenía. Parece la premonición de un mundo cada día más igual, más plano, dominado por una visión turística, en definitiva, fruto de un proceso de globalización. Y, sin embargo, esa frase venía a expresar con cercana contundencia una de las bases de la antropología moderna: pensar en los otros es pensar en nosotros. Así la antropología ha podido subrayar su parentesco con la historiografía. Al fin y al cabo, el objeto es el mismo, pensar el aquí y el ahora, mirando en el espejo del allí y el antes.

Esa lógica también afecta al arte y las exposiciones, evidentemente. Por eso una institución como el MacBa insiste tanto en sus referencias y así, por ejemplo, Marcel Broodthaers no está tanto para explicar el pasado como para exprimir una actitud presente. En ese jeroglífico histórico una exposición como la de Malévich en la Pedrera, que podría responder a un inocente revisionismo, de repente, no sólo no parece tan alejada de otra de temática aparentemente distante, como Postcapital en la Virreina, sino que tal vez hablan de lo mismo.

Y desde luego Postcapital se parece bien poco a Malévich. Una es un paseo por algunas de las obras del “inventor” de la abstracción. En ese paseo hay que señalar: el diseño de exposición, necesario en este tipo de instituciones y más en las salas de la Pedrera, especialmente difícil pero bien solucionado, un diseño que destaca justamente por no destacar, por habiéndose atrevido a jugar con el blanco y el negro como paradigmas de Malévich evitar caer en lo mortuorio y conseguir ser respetuoso; sobre todo, la primera parte de la exposición que señala la evolución de Malévich desde su interpretación del impresionismo, cubismo, futurismo hasta llegar al cuadrado negro; sus raros primeros cuadros, no tan fáciles de ver; y un detalle para los curiosos y meticulosos (no en vano fue Rafel G. Bianchi quien me llamó la atención sobre ello), un cuadro titulado “Composición con la Gioconda” en el que aparece una reproducción del célebre cuadro de Leonardo tachado, en 1914, cinco años antes de que Marcel Duchamp le pintase bigotes en L.H.O.O.Q.

Si Malévich es un paseo, Postcapital, también: un paseo por un mundo que sabemos que es una mierda y que está hecho una mierda.

La otra, Postcapital, es, tal y como señala todo el material promocional de la exposición, un “proyecto multimedia concebido por Carlos Garaicoa, Daniel García Andújar e Iván de la Nuez”. La exposición se presenta como fruto del trabajo de una década de investigación sobre las repercusiones de, precisamente, la caída del muro de Berlín: el cambio de orden mundial; la pérdida de la referencia del comunismo; sus males; el recuerdo de aquella carrera armamentística y del viejo equilibrio que tan bien retrataron películas como “Teléfono rojo. Volamos hacia Moscú” (extraña traducción de “Doctor StrangeLove or how I learned to stop worring and love the Bomb”); la búsqueda de nuevos enemigos y el choque de civilizaciones, el Islam; la globalización que hace que ahora sí que cada vez todos los mundos se parezcan demasiado en la nueva economía global llena de marcas… Todo ello aparece en una ingente e inabarcable documentación, sí, multimedia: información en páginas web (gracias a Daniel García Andújar en una exposición no aparece el imperio windows, algo de lo que deberían tomar nota muchos a los que se les llena la boca de conciencia anti-capital para acabar utilizando un power-point), vídeos, fotocopias y demás en documentales soviéticos, entrevistas a intelectuales de izquierdas, fotos de Lenin, videojuegos bélicos e imágenes de la invasión a Irak o Afganistán u otro punto del globo mediático. Esto por parte de Daniel García Andújar. Por parte de Carlos Garaicoa instalaciones más evocadoras. Fundamentalmente, una en la sala central de la Virreina con edificios representativos de diferentes ciudades del mundo reconstruidos en cera que van quemándose y desvaneciéndose poco a poco: ¿tempus fugit? ¿los cimientos de la civilización occidental se deshacen?

Nota extraña: en un proyecto a tres manos todo está firmado por Daniel García Andújar o por Carlos Garaicoa, con lo que Iván de la Nuez parece haberse ocupado de la edición y recopilación de escritos propios y de la concepción general de la exposición: ¿no es eso el comisariado y lo otro el trabajo de los artistas? Sin duda, considerarlo así haría más atractivas las aportaciones de Daniel García Andújar como trabajo de artista que incide en la confusión y lo inabarcable de información. De lo contrario, que es lo que parece que se pretende, estaríamos más cerca de una exposición temática tipo CCCB, para entendernos. Lo que difícilmente resiste más allá de lo ilustrativo poético, en ambos casos, serían las ciudades que se deshacen o no de Carlos Garaicoa.

La nostalgia no deja lugar al sentido del humor. Sin duda, una pérdida.

Ese es el gran qué: la tematización. Si Malévich es un paseo, Postcapital, también. Postcapital es un paseo por un mundo que sabemos que es una mierda y que está hecho una mierda. Nos recuerda que también era una mierda, pero, y es ahí donde aparece la nostalgia, que había un momento, antes, en el que podíamos estar a favor o en contra, que existían los referentes, detrás y delante del muro, probablemente opuestos, pero que ahora ya no están. Presenta los hechos como en un informativo: nada que no sepamos ya. Y todo ello, como corresponde a cualquier tematización, estetizado: y así el conflicto estetizado aparece cargado de nostalgia.

¿Y Malévich? Otra nota curiosa. De lo más interesante de la exposición es comprobar que antes de llegar al cuadrado negro sobre fondo blanco Malévich pintaba campesinos esquematizados en formas cilíndricas, metalizadas, y después de la “fase abstracta” también, otra vez, campesinas con faldas cilíndricas en colores metalizados. Pero, ¡ah!, no nos llevemos a confusión, los textos informativos de sala (por otra parte correctos) nos explican que estos otros eran una denuncia a la situación del campesinado durante el stalinismo, forzado a la uniformidad: nostalgia de un tiempo de referentes claros; estetización de las ideas.

A lo que desde luego la nostalgia no deja lugar es al sentido del humor. Sin duda, una pérdida. Recuperado el sentido del humor, los cuadrados negros torcidos de Malévich o el cuadrado rojo que lleva por subtítulo “Realismo pictórico de una campesina en dos dimensiones” aportarían una luz contemporánea a la idea de resistencia. Y, sin duda, subvertiría un bonito paseo por los conflictos del mundo y aquellos tiempos en los que no sabíamos muy bien contra quien pensar… ¿Todavía hay quien diga que contra Franco vivíamos mejor?

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