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En las novelas de Kafka nos salen al encuentro criaturas que se definen como “ayudantes”. Sin embargo, no parecen estar en condiciones de prestar ayuda. No entienden nada, no tienen “aparatos”, no hacen más que chiquilladas y tonterías, son molestos e, incluso, a veces, descarados y lascivos. En cuanto a su aspecto son tan parecidos entre sí que sólo se distinguen por el nombre; se parecen “como serpientes”. No obstante son observadores atentos, desenvueltos y elocuentes, sus ojos son brillantes, y en contraste con sus modos pueriles, tienen caras que parecen adultas, “de estudiantes, casi”, y barbas largas y abundantes. Alguien, no se sabe quién, se los ha asignado, y no es fácil quitárselos de encima. En definitiva, nosotros no sabemos quiénes son, quizás son enviados del enemigo, lo que explicaría por qué no hacen más que acechar y espiar. Sin embargo parecen ángeles, mensajeros que ignoran el contenido de las cartas que deben entregar, pero cuya sonrisa, cuya mirada, cuya manera de andar “semejan un mensaje.”

Giorgio Agamben.

El espacio físico que ocupa el en la dirección de Torneo 18/San Clemente es, a todas luces, insuficiente a la hora de entender el trabajo de un centro de arte. Para empezar está la dimensión simbólica, aquella que, por ejemplo, le otorga el hecho de situarse en , de aspirar a una representación de los distintos presentes que una ciudad invoca. Así, la metáfora del nodo, tomada del lenguaje de la telemática sea quizás la que más conviene para definir la situación de un espacio para las artes en la ciudad. Si se quiere, se trata de un nodo principal, pero al fin al cabo, un enlace más, un punto en la amplia red de lugares y vinculaciones que el centro de las artes de debe tejer en la ciudad.

Recientemente, una presentación académica del trabajo sobre arquitectura y lenguaje para el diccionario de la RAE nos dejaba estas palabras: “la apertura hacia la revisión del mundo de la arquitectura, la ciudad, el urbanismo y la relación con el mundo de los inmateriales, la informática y la telemática, que se implican en el mismo fenómeno de la ciudad”. El centro de las artes de Sevilla aspira también a constituirse como espacio público en el ámbito de los media, en la red Internet, en el inmaterial de las señales electromagnéticas.

Recientemente, el festival Zemos98 presentaba en el caS el proyecto Reclaim the spectrum en el que se reclamaba la intervención pública y ciudadana sobre el espectro radioeléctrico, el suelo urbanizable de la sociedad de la información. ¿Podemos aspirar a urbanizar este espectro para ponerlo al servicio de los ciudadanos más allá de los canales del consumo y el espectáculo? ¿Podemos hacer también de estos espacios plaza pública, lugares comunes para uso y disfrute de sus ciudadanos?

La Plataforma de Crítica Cultural que movilizó a algunos colectivos culturales en contra de la BIACS propuso al caS la extensión en la ciudad de una herramienta democrática de información y debate cultural, una herramienta autónoma libre de la intromisión de los distintos intereses fácticos que, naturalmente, constituyen el debate cultural de la ciudad. Como en años anteriores, con el apoyo a las Jornadas Públicas de Debate Cultural y a un número especial de la revista Parabólica, la municipalidad se compromete también con sus sectores más críticos. La propuesta pasaba por la creación de un espacio en la web, la www.e-sevilla.org , herramienta auspiciada por Tehcnologies To The People que ya la había ensayado en otros ámbitos y de forma similar en las ciudades de Barcelona y Valencia.

Básicamente se trata de un punto de información social, un archivo de noticias y exposiciones diversas sobre la vida cultural de la ciudad que permite la opinión libre y de fácil acceso de los ciudadanos sobre los diversos temas y modos en que se construye la cultura en el ámbito de Sevilla. En el caS entendemos que se trata de un monumento, una forma distintas de entender la plaza pública y de dotarla de dotaciones útiles para sus ciudadanos. Para esto, y en colaboración con la Facultad de Ciencias de la Comunicación, abrimos en la red esta ventana a la opinión libre, incluso libertina, de los ciudadanos.

Construir lo común significa muchas veces la ampliación temeraria del ámbito de libertad de los ciudadanos. Dar la posibilidad de libre expresión y sostener su difusión pública da no pocos sinsabores a la república de ciudadanos que aspiramos ser en una ciudad como Sevilla. A menudo, y eso puede comprobarse también en los medios de prensa, radio y televisión que habitualmente nos informan, se abusa de la libertad de información, instrumento libérrimo del que nuestras sociedades se han dotado. Vamos, se confunde libertad con libertinaje, que dice el vulgo. Pero éste –la convivencia del análisis riguroso con el insulto, de la crítica productiva con la difamación, de la risa constructiva con la sal gruesa- es un gasto necesario. Como dictaminara Georges Bataille, toda economía tiene una parte maldita, la de aquellos elementos que asociados con el despilfarro y el derroche ayudan a mantener en funcionamiento la máquina de la economía general. También en la economía de la información y la libertad de expresión se da esta regla.

Una sociedad como la nuestra que hace del carnaval –y no hablo metafóricamente, sino del saludo permanente de Sevilla a las celebraciones del Carnaval de Cádiz, por ejemplo- un espejo en que mirarse críticamente sabrá hacer uso adecuado de un espacio de libre expresión como este, y como siempre, habitará ejemplarmente esta plaza pública.

Precisamente son las herramientas del carnaval las que nos ayudan a hacer habitable la aridez de las nuevas industrias y tecnologías que construyen nuestra modernidad, según teorizaron a principios del siglo XX los formalistas rusos. La geometría y los números son trasformados por la risa en útiles que nos ayudan en la vida diaria. La construcción política de nuestra sociedad no puede hacerse sin esta traducción de la “geometría en cuchara, cuchillo y tenedor” que decía Bajtin. Y esta transformación, como nos legaron los griegos, no puede hacerse en democracia sin la ayuda de todos, también de los idiotas.

El espacio de la www. y el trabajo de no pretende otra cosa. Poner una herramienta de información y comunicación en manos de todos, dar voz a todos, nos impone a los usuarios el continuo discernimiento entre el análisis crítico y el guirigay permanente, pero esta práctica no es muy distinta en la red que en la sociedad real. De alguna manera, el instrumento que esta web pone en nuestras manos nos puede ayudar a entender mejor el ruido que viene de la multitud, su marabunta.

Venimos abundando en razones de por qué el caS utiliza como emblema el nudo del NO&DO. Parece evidente en este caso aplicando el lenguaje del cibermundo y sus telenautas. Pero para que este símbolo consiguiera hacerse representación en el imaginario de la ciudad hicieron falta muchos rumores, bulos, leyendas, falsos amigos. Nadie dictaminó desde el principio sobre sus significado, desde el “no me ha dejado” hasta las revelaciones masónicas, todo ese ruido en la información configuró el significado final del símbolo como construcción común de sus ciudadanos.

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