De las octavillas por el suelo a las pantallas del museo.

Textos de la mesa redonda celebrada en el el 12 de Junio del : . Nuevos espacios de discusión y debate ¿límites, responsabilidades?

INTERVENCIÓN *

De las octavillas por el suelo a las pantallas del museo
o
¿Por qué las mesas redondas [casi] siempre son rectangulares?

Disculpadme pero empezaré contándoos un cuento, una anécdota personal de hace aproximadamente 30 años, cuando aún no existían ni la Internet, ni Centros de arte como Arteleku, ni periódicos liberales como El país. Yo era entonces un chaval, casi un crío todavía, que andaba con su madre por la calle cuando, de repente, pasó un Seat 600 a toda velocidad lanzando octavillas por la ventana. No recuerdo ya de qué hablaban aquellos panfletos, pero sí que me acuerdo muy bien de que esa era la única forma de tratar algunos temas en aquella época. Tampoco he olvidado que, aunque el Dictador ya se había muerto, la distribución de folletos impresos clandestinamente aún era una forma de expresión ilegal, tal como mi asustada madre se encargó inmediatamente de recordarme a gritos y gesticulando para dejar bien claro que nosotros no teníamos nada de subversivos. Naturalmente en aquel momento le hice caso, para no discutir con ella, y solté el comprometido papelillo que había cogido. Pero, un rato después, volví por allí y me llevé no uno sino un puñado de aquellos escritos que, además, fui repartiendo descaradamente, de mano en mano, porque necesitaba transgredir unas leyes que muchos intuíamos ya a punto de cambiar, tal como efectivamente sucedió muy poco después. Obviamente mi estrafalario gesto no cambió absolutamente nada la situación, pero creo que la suma de cientos de pequeñas rebeldías que cada día se iban acumulando -muchas de ellas, como la, mía sin objetivo demasiado claro- sí que ayudó sensiblemente a transformar el panorama que os he descrito.

Ahora mediante un nuevo salto temporal me gustaría trasladaros a la década de los 90 y continuar con esta narración, absolutamente subjetiva, mediante la que intentaré mostraros cómo he visto yo, personalmente, la evolución de los actuales espacios de discusión y debate. El escenario en el que nos encontrábamos entonces los artistas visuales era bastante insoportable, sobre todo el de los que estábamos empezando por aquel entonces. El boom artístico de los ochenta se había acabado y, de golpe, el dinero negro había dejado de fluir hacia las galerías de arte. Las nuevas instituciones culturales daban por sentado, salvo honrosas excepciones, que los artistas podíamos vivir del aire y que, en cualquier caso, ya teníamos bastante con el plus de legitimidad que nos proporcionaban sus preciosos catálogos. Son unos años en los que el debate artístico escaseaba, cuando no era absolutamente inexistente, pero que a la vez sostienen la época dorada del papel couché y de las tapas duras en los catálogos; un momento en el que todavía hay gente que encuentra lógico que los artistas trabajen por la cara (a mí me han llegado a decir que el problema no era el dinero, que lo había de sobra, sino de las “normas de la casa” que no les permitían pagar a los artistas) y en los que a veces la única forma de sacar algo en claro de una exposición es escribir algún texto, dado que sobre ese aspecto sí que se habían conseguido despejar las dudas (escribir sobre arte ya era un trabajo y, como tal había que remunerarlo; hacer arte no estaba todavía claro que lo fuera). Y es de esta forma tan indirecta como el propio modo de hacer las cosas de la institución artística va a convertirse en uno de los incentivos del debate y la reflexión teórica sobre las políticas culturales por parte de los artistas.

Hacia la segunda mitad de esta década confluyen muy diferentes factores que van a cambiar completamente el panorama. Por una lado la insatisfacción profesional de la que os hablo y por el otro la aparición de VEGAP, que se acababa de independizar de la SGAE, van a dan lugar a la constitución de asociaciones profesionales de artistas por todo el Estado. Se trata de un movimiento que está impulsado directamente desde la asociación de Cataluña, pionera indiscutible en estos temas, que va a propiciar la apertura de nuevos debates sobre la categoría social del arte, las condiciones de trabajo de los artistas y sobre las políticas culturales de las diferentes administraciones públicas. Simultáneamente, la campaña iniciada por Telefónica para el lanzamiento de aquel rotundo fracaso llamado Infovía abre la puerta a la lenta incorporación -en todos los sentidos- del sector artístico a la red de redes. Téngase en cuenta que la simple aparición del correo electrónico ya supone un cambio sustancial, aunque dada la natural tendencia tecnofóbica del gremio todavía resulta bastante delirante intentar mantener algún debate serio con estos precarios medios (por ejemplo, acordarse de seleccionar el comando “contestar a todos” los participantes en un debate colectivo era, en muchos casos, pedir demasiado). Sin duda fue por eso que los primeros espacios de discusión que realmente empiezan a funcionar son las listas de correo relacionadas con el net-art y el vídeo-arte. En el estado español aparece en 1997 ECO, una lista inspirada en el modelo de Rhizome a la que se apuntan no sólo los net-artistas hispanos sino la práctica totalidad de los individuos relacionados con el arte contemporáneo que en ese momento están conectados a la red de redes. A partir de ella se crea una apasionante comunidad virtual que funciona, en principio, de forma absolutamente automática y sin ningún tipo de control. Todo lo que allí se envía es distribuido automáticamente por un mayordomo electrónico y la herramienta demuestra que puede ser incluso de cierta utilidad política cuando se producen las destituciones, primero de María Corral en el MNCARS y después de Gloria Moure en CGAC. Naturalmente, este automatismo que facilita enormemente el libre flujo de la información provoca, también, algunas molestias a los usuarios (primeros actos de spam, gente que se equivoca y que envía su mensaje por duplicado, alguna anónima salida de tono, insultos o críticas que no gustan demasiado a los administradores, etc.). Estas pequeñas alteraciones del “orden” son tomadas muy pronto como excusa para instaurar la figura del moderador/censor, momento en el que se inicia, al menos a mi juicio, el principio del fin de esta comunidad virtual, dado que aunque la moderación filtra muchas de las anteriores incomodidades (spam, insultos, etc.) también aparecen otras que le van otorgando un sesgo cada vez más oficialista y predeterminado a todas las discusiones. Por otra parte, me interesa destacar que los intentos de pervertir y sabotear algunos debates no desaparecieron totalmente con la moderación, dada la facilidad que Internet proporcionaba ya entonces para el camuflaje virtual y los cambios identitarios. Más bien al contrario, cuando estos inevitablemente se fueron produciendo, aún se levantaron más sospechas y malinterpretaciones que antes, dado que todos sabíamos que determinadas propuestas e informaciones sí que se podían estar reteniendo o censurando, en algunos casos con sobrados motivos pero en otros quizás no tanto.

Con el cambio de milenio aparecen los nuevos formatos de debate virtual que van a dar lugar a la aparición de la blogosfera. Y es de la mano de esas innovaciones tecnológicas que aparecen los proyectos (e-) de Daniel G. Andújar que, en el caso concreto de e-valencia, vienen a llenar un vacío verdaderamente importante en nuestra ciudad. Vacío que además se había visto agrandado por la reciente autodisolución de la AAVV y por el creciente delirio de poder que embargaba a Consuelo Ciscar, entonces subsecretaria de promoción cultural de la CV. Y es así como la necesidad de herramientas que faciliten un debate verdaderamente libre y no mediado se ve correspondida por la oferta que Andújar nos propone, propiciando inesperadas sinergias entre sectores culturales que hasta ese momento andaban completamente separados. Es desde e-valencia también, desde donde se convoca la plataforma “ex Amics de l’IVAM”, y con ella toma forma todo un movimiento de contestación popular (Ciutadans per una Cultura Democràtica i Participativa) que en un par de años va a cambiar completamente la situación en la Comunidad Valenciana, pasando ésta de ser el laboratorio oficial de las políticas culturales del PP (las que deberían llevar a Zaplana hasta la presidencia del Gobierno Central), a convertirse en el hazmerreír del gremio artístico en general. Un cambio que es verdaderamente importante porque hasta ese momento todos los media, tanto los de izquierdas como los de derechas, habían apoyado sin fisuras estas nefastas políticas culturales, a partir de planteamientos tan peregrinos como el de que Consuelo Ciscar provenía del PSOE y había fichado a algunos asesores de prestigio entre el sector aparentemente más radical de la crítica de arte local o el falaz argumento de que todo lo que se gaste en cultura es, por principio, una buena inversión.

Como todos lo medios de comunicación, e-valencia -y el resto de proyectos (e-)- tiene sus virtudes y también, faltaría más, sus defectos. Tanto unos como otros vienen, en su mayor parte, predeterminados por la tecnología disponible en el ámbito específico del software libre. Por otra parte, al igual que ocurre en los media convencionales, también en los proyectos (e-) cada visitante o usuario puede considerar que algunas secciones o apartados son más interesantes que los otros, quedando siempre a juicio personal de cada cual qué secciones de la web visita y qué aspectos son lo que a él, personalmente, más le atraen (o le repelen). En concreto, los aspectos que a mí más me interesan de este proyecto son los siguientes:

– Se trata de una tecnología puesta a la libre disposición del pueblo, pero en sentido literal y sin los simulacros habituales entre los proyectos artistológicos. Algo que a mi parecer la ha convertido en una verdadera herramienta del abajo que posibilita la libre contestación a los de Arriba. Con esto lo que quiero decir es que si no hubieran situaciones de injusto privilegio y de de abuso de poder el instrumento no sería útil ni necesario; pero no es éste el caso. Y si la imagen que nos devuelve no es, muchas veces, la que nos gustaría ver, la culpa no es del artefacto que nos la muestra sino de la sociedad que la utiliza y que en ella se refleja.
– Proporciona una visibilidad real y efectiva a quienes los media habitualmente se la niegan, al menos en el ámbito específico de las artes visuales. En este sentido quiero hacer hincapié en el hecho de que tan importante es lo que se dice como lo que se calla y que, con frecuencia, se puede hacer mucho más daño con lo que se oculta que con lo que se muestra.
– El anonimato de los comentarios -aunque también permite desagradables e inevitables excesos- ha posibilitado en los proyectos (e-) interesantes debates al margen del nombre, del renombre o del estatus profesional de quienes los escriben.
– Las filtraciones anónimas de información, en muchos casos privilegiada o confidencial, nos han proporcionado valiosos e irrenunciables hilos de investigación desde los que hemos podido desenredar importantes ovillos de corrupción en las instituciones públicas dedicadas a la cultura. Tan sólo por este motivo, ya estaría más que justificada la propia existencia de los proyectos (e-).
– La obtención de una base de datos propia, en algunos casos inteligentemente comentada. Aspecto que nos ha permitido la elaboración de contundentes críticas perfectamente documentadas y con muy poco esfuerzo relativo -similar al de los periodistas profesionales en los media convencionales-.
– La acertada combinación entre la posibilidad del anonimato y de la identificación responsable, entre la simple interacción virtual y la compleja convocatoria de protestas o manifestaciones físicas y absolutamente reales en los espacios convencionales. Se trata de una interesante experiencia de hibridación mediática que repetidamente ha demostrado su eficacia ante problemas puntuales y que nos ha proporcionado, a los e-valencianos, una mesa verdaderamente redonda –o al menos no cuadriculada- en la que quienes carecemos de poltrona hemos podido sentarnos tranquilamente a hablar, cuando nos ha apetecido.

Share

Drop a comment

Your email address will not be published.