Bordear el Mediterráneo

-València-Palma El analiza la evolución de tres ciudades con numerosos puntos de contacto y también distanciamientos

VIOLANT PORCEL. Culturas. La Vanguardia

La muestra retrata tres ciudades que buscan recuperar notoriedad internacional a costa de su desgaste

Barcelona registra 4.336.236 préstamos bibliotecarios, un total de 534 familias de 10 miembros reside en Palma, mientras que Valencia goza de 106 días claros y suma 8.494 tractores. Esta sucesión de datos estadísticos se exhibe en una interesante muestra que el CCCB dedica a las tres ciudades, donde el análisis de sus afinidades y diferencias huye de tópicos. Sus comisarios, el artista Ignasi Aballí, el escritor Melcior Comes y el periodista Vicent Sanchis articulan un sugerente recorrido que apela al posicionamiento crítico del espectador, en su mayoría familiarizado con estos contextos. Aunque destaca una coherencia, ciertos episodios se colorean con la personalidad de cada comisario. La huella de Aballí está presente en el evocador registro de objetos perdidos que define la idiosincrasia de sus habitantes. La de Comas, a través del collage de fragmentos literarios que nos introduce en la visión de los relevantes escritores que han abordado estos paisajes urbanos, y Sanchis aporta la presencia del cómic, que evidencia con ingenio y acidez el pulso popular.

La muestra retrata además tres destacadas ciudades mediterráneas, siempre nostálgicas de su glorioso pasado, entregadas sobre todo a manos del turismo, y que intentan recuperar notoriedad internacional a costa del desgaste de sus residentes. La obsesiva creación de marcas distintivas las homogeneiza y las aleja de su autenticidad. Y aunque hace tiempo que planea un sólido pensamiento crítico que cuestiona este modelo, parece que no termina de cuajar. La actual exposición presenta unos vídeos que documentan el trayecto del bus turístico, las tres urbes aparecen comprimidas en un conjunto de souvenirs visuales que evitan al visitante tener que zambullirse en indagaciones. “¿Has entrado?”, pregunta curioso un viajante americano a su compañero al pasar frente a la Sagrada Familia. “No, como todo, es demasiado caro”, responde el otro con indiferencia.

El aspecto hedonista lo encarna la fiesta en la calle, difundida por doquier como la máxima representación social de nuestro yo colectivo. Impactantes fotografías de Xavier Gómez y Carles Domènec exhiben los residuos de las juergas, espacios devastados en los que parece haberse librado una batalla campal. Y de la mano del siempre revulsivo Daniel G. Andújar nos trasladamos a la corrupción, billetes de cien y quinientos euros componen el fastuoso palacete de Fèlix Millet en Ametlla del Vallès o donde se reproduce la preciada escobilla de baño de Jaume Matas. Andújar insta al espectador a interrogarse sobre cuáles son los verdaderos proyectos de estos hombres, como habría podido describir Maquiavelo, ávidos de ganancias, aunque los individuos con tal conducta no se engendran exclusivamente en estas metrópolis.

Si en los últimos años Barcelona ha resultado eficaz en la contratación de arquitectos estrella para ampliar el repertorio postal, se ha estancado en la construcción de un sólido planteamiento de capitalidad mediterránea. Sin embargo, Valencia se propuso implantar con empuje una idea de modernidad y, a golpe de talonario y pomposos eventos, ha conseguido reubicarse en el mapa español, con Calatrava como uno de sus artífices capitales. Y Palma, aletargada y desprovista de una clara proyección de futuro, arrastra sus atávicas señas de identidad por inercia histórica y por aislamiento, aunque se revela como la única con capacidad para recuperar el esplendor de su casco antiguo medieval.

La muestra subraya el creciente multiculturalismo de las tres metrópolis y se alinea con las corrientes que sitúan el aprendizaje del catalán como una oportunidad de integración que, a la vez, puede mantener las múltiples singularidades culturales. De fondo, se extiende el Mediterráneo a lo largo del recorrido expositivo, un lazo que nos une y que podría sugerir una mayor interrelación.

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