“Vivimos en un caos de información”

«Estamos en una especie de rizoma en el que todos nos vigilamos a todos»

14.03.2015 | 04:15

"Vivimos en un caos de información"

“Vivimos en un caos de información”

Mezcla en el Reina Sofía la realidad y la ficción en «» «Para mí un ‘hacker’ es un sabio de la tecnología que se infiltra en el sistema engañándolo», afirma el artista que abandonó Valencia tras la polémica por su portal de anónimos

Natalia Vaquero | madrid/epipress Levante EMV

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Las nuevas tecnologías comprometen el futuro de los más jóvenes que vuelcan descontroladamente sus vidas en las redes sociales sin ser conscientes de que se desnudan ante compañías que utilizarán esa información como más les convenga, alerta Daniel G. Andújar (Almoradí, Alicante, 1966), uno de los grandes del arte en la red o artista visual, como le gusta autodefinirse, que dibuja una inquietante realidad en la que todos somos vigilantes y vigilados. Andújar triunfa con su desconcertante obra en medio mundo y muestra ahora su Sistema Operativo en el Museo Reina Sofía de Madrid hasta el próximo 4 de mayo. Autodidacta sin complejos, abandonó Valencia tras molestar a las autoridades con anónimos que colgaba en un portal digital y desde entonces se vuelca en desenmascarar a través de la ironía las falsas promesas de libertad prometidas por Internet.

¿Qué es el Net.art, Daniel?

Es una forma de expresión artística que usa las herramientas de la Red para expresarse, utiliza Internet, la electrónica y otros elementos relacionados con la sociedad de la información.

¿Cómo llegó usted a este mundo?

Empecé con el vídeo, el cine, la fotografía y la televisión pero en 1989 apareció Internet, aunque no entró en los hogares hasta 1996. Ese año yo estaba en Alemania con una beca desarrollando los primeros proyectos que se conocen ahora como Net.art. A mí no me gusta que se me califique de videoartista o net-artista.

¿Pero no es usted uno de los principales representantes del llamado arte en la red?

No creo que la herramienta defina el proceso del trabajo. Yo hago uso de mi amplia caja de herramientas para crear: tengo trabajos que están en la Red, pero también grafiti, pinturas, fotografías o imágenes de síntesis. Trabajo en el espacio público y en el privado. Soy un artista visual.

¿No son también visuales todos los artistas?

Depende porque los músicos no tienen por qué ser visuales. Yo creo en la transversalidad y si hubiese tenido dotes para la música estoy seguro de que usaría en mi obra más sonidos. Cada uno va definiendo su trabajo según sus aptitudes o su formación. Para mí, el lenguaje fundamental está en el mundo de las imágenes porque es donde me siento más cómodo.

¿Cuál es el mensaje que lanza en esta exposición en el Reina Sofía de Madrid?

Son varios. Hay una carga política evidente, pero no es un trabajo panfletario. Quizá sea más bien una crítica al abuso de ese lenguaje panfletario. Tampoco pretendo hacer ningún experimento social porque no me gusta utilizar a los demás. Lo que pretendo es que el que venga a la exposición interprete y que se convierta en un participante más del proceso cultural. Quiero que mi exposición se use como si fuese un laboratorio.

¿Lo consigue?

La verdad es que está cayendo muy bien. Hay trabajos que están en desarrollo, aparece el «Archivo Post Capital» que se ha visto poco en España y otros proyectos realizados en otros países en la década de los 90 que se han recuperado. Menos de la mitad de la obra que se expone marca nuevos caminos con el uso de los videojuegos, las batallas de imágenes o las creaciones con impresoras en 3D. También he apostado por un regreso al dibujo que entronca con mi infancia.

¿Nos ha traído Internet la democracia?

No. Lo que ha traído es una nueva jerarquía social. Además de ricos y pobres, ahora existen inforricos e infopobres y puedes ser rico pero si no sabes interactuar con las nuevas tecnologías pierdes el acceso a un nuevo lenguaje.

Tenemos más información que nunca, ¿pero estamos realmente mejor informados?

Ni estamos mejor informados ni tenemos un contexto político más democrático porque no todo el mundo tiene acceso a Internet. Además, el proceso de digitalización nos está contaminando el paisaje visual. Yo no produzco imágenes nuevas, lo que hago es reciclar el imaginario visual. A mí lo que me interesa es trabajar con el lenguaje de las imágenes para transformar el mundo.

¿Puede el arte cambiar el mundo?

Trato de hacerlo constantemente.

¿De qué forma?

Creando, cuestionando la realidad, animando a la crítica y a remover conciencias. Es un acto de rebeldía. Quiero interpretar la realidad dando herramientas a quien quiera adquirir una capacidad crítica.

¿Cómo convertir a la audiencia en ciudadanos críticos con quienes quieren engañarlos?

Con educación, educación y más educación. Hay que tener claro además que el proceso educativo no acaba nunca. Tenemos que estar formándonos toda la vida y buscar a los mejores guías porque vivimos en un caos de información.

¿En qué medida las nuevas tecnologías de la información contribuyen a agrandar la igualdad de oportunidades de los ciudadanos?

Podrían hacerlo, pero no. Foucault, que murió en 1989 cuando nació Internet, hablaba del panóptico. Ahora se debe de hablar del panóptico electrónico donde ya no hay un centro y una periferia, un vigilante y un vigilado o un productor y un consumidor. Hoy en día vivimos en una especie de rizoma en el que todos nos vigilamos a todos. Todos somos vigilantes y vigilados.

¿Qué es para usted un «hacker»?

Para la ficción norteamericana, un hacker es alguien que roba cosas, datos, para mí es un sabio de la tecnología. Es el que se infiltra en el sistema engañándolo.

¿Se considera usted un activista de la Red?

Yo soy un artista, a pesar de que nunca estudié para ser artista. Soy completamente autodidacta porque a los 17 años dejé la escuela sin haber terminado ningún estudio. No me sentía a gusto en el sistema educativo. Ser activista es algo muy serio y requiere mucho tiempo. Lo que sí trato es de involucrarme de alguna forma como activista en algunos procesos sociales.

¿Qué tipo de activismo practica en esas ocasiones?

He sido un defensor a ultranza del software libre y de los códigos abiertos. Creo que la gente y los gobiernos deberían de desarrollar su propia tecnología para no depender de multinacionales.

Veo que es usted claramente un disidente?.

Creo que sí.

Nos venden que nos quieren liberar, pero ¿no será más bien que nos quieren controlar?

Absolutamente y cada vez más. Echarse un teléfono móvil al bolsillo significa estar controlado 24 horas por las compañías, los gobiernos o por quien quiera hacerlo.

¿Lleva siempre el teléfono móvil con usted?

Sí y me ha costado mucho. Prefiero saber que estoy vigilado y cuando no quiero estarlo blindo mis comunicaciones. Mi generación ha sido muy celosa de su privacidad. Uno de los cambios más radicales que se ha producido recientemente es que las nuevas generaciones no son conscientes de que carecen de esa privacidad. Toda su vida está volcada en las redes sociales con los riesgos a futuro que eso supone.

¿De qué riesgos habla?

Si uno aspira dentro de unos años a ser presidente del Gobierno tendrá que ser consciente de que hay empresas privadas que tienen desde su primer beso hasta la última borrachera. Ahora el pasado se graba en tiempo real y serán esas empresas las que decidan qué uso dan a esas imágenes que te recordarán tu pasado según les convenga. Hay que promover actitudes autocríticas: si sabes que te están vigilando y eres consciente de ello no pasa nada, lo malo es que los jóvenes no son conscientes.

¿Ha visto mucho racismo en España?

No más que en otros sitios. En España, más que racismo visceral hay ciertas actitudes xenófobas por ejemplo con los gitanos, una población que convive con nosotros desde hace más de 500 años.

¿Qué le ha mostrado su obra «Soy gitano»?

Fue uno de mis primeros proyectos, de 1992 y llegó a interesarme más como persona que como proyecto artístico. Lo que hice fue colocar varios carteles en Valencia donde se podía leer el contenido del artículo 14 de la Constitución, que hace referencia a la igualdad ante la ley, sin importar la raza, el sexo o la religión. Lo colgué en caló.

¿Cómo mensaje a la comunidad gitana?

No, como espejo hacia los payos, para hacerles ver que a pesar de convivir con esa comunidad desde hace 500 años, no sabían ni que tenían una lengua propia. Había gente que pensaba que el texto estaba escrito en euskera.

¿Hábleme por favor de su experiencia con la corporación ficticia «Technologies To The People»?

TTTP surgió durante mi primera salida de España a trabajar. Sentía que en España no me entendían y me fui a Alemania al tiempo que Internet entraba en los hogares de los ciudadanos. Era en 1996 y todo el mundo hablaba de esa utopía tecnológica maravillosa que iba a reforzar la democracia y nos iba a salvar de todos los males que azotaban al planeta. Al final eso no fue así y TTTP lo avanzó. TTTP era tan ficticia como Terra.

¿Vendían datáfonos para mendigos?

Lo que proponíamos era dar datáfonos a los mendigos para que los ciudadanos no tuvieran excusa a la hora de dar limosna. El Estado dejaba de emitir papel moneda y era Visa quien controlaba el sistema económico, así que TTTP se preguntaba qué pasaría con esas personas que están fuera del sistema.

¿Cómo reaccionaron los gurús de Apple en Silicon Valley cuando se enteraron de su iniciativa?

Reaccionaron en seguida porque hasta nos quisieron hacer la maquinita. Todos picaron el anzuelo y de hecho aún participo en muchas cumbres económicas contando este proyecto.

¿Lo fabricaron?

No quise, pero incluso cuando supieron que era todo ficticio se ofrecieron a producir el objeto artístico. Hubo un momento en el que vi mi datáfono ficticio como el urinario de Duchamp, salvando las distancias.

Ahora todos quieren hacer negocio con nuestros datos más íntimos. ¿Qué podemos esperar del Big Data?

La mayor de las manipulaciones. Vamos hacia una sociedad más desigual y más controlada.

¿Qué le ha enseñado su proyecto «Archivo Post Capital»?

Son 250.000 documentos recopilados por la Red a través de publicaciones, fotografías, vídeos y sonidos que descubren los cambios sociales, políticos, económicos y culturales de las últimas décadas. Aparece la caída del Muro de Berlín, la de las Torres Gemelas, la masacre de Tiananmen, pero también el desastre ecológico en el Polo Norte, los versos satánicos de Salman Rusdhie e incluso la llegada de Internet. Con esos documentos se interpreta un agujero histórico que yo databa de 1989 al 2001 en el que una generación no se puede reconocer en la otra, aunque del 2001 se va a 1973, un martes 11 de septiembre, cuando se produce el asesinato de Allende. Cada vez que entra el archivo en un museo se interpreta de una forma diferente aunque estén los mismos elementos.

Usted ha tenido problemas en Valencia por difundir comentarios anónimos a través de un portal suyo. ¿Le parece bien que la gente se ampare en el anonimato para emitir críticas o elogios de forma irresponsable?

Si no hay anonimato habría mucha gente que no podría criticar nunca. ¿Quién va a criticar al jefe de una compañía? ¿Quién critica al político? ¿Quién critica al gobernante por su ineptitud? Un currito no le va a decir a su jefe qué es lo que está bien y lo que está mal y menos en tiempo de crisis y con la reforma laboral. Todas las empresas deberían de tener un buzón anónimo.

Pero amparándose en el anonimato se pueden verter todo tipo de falsedades también, ¿no?

Lo que yo hice con el anonimato es convertir a Valencia en la puerta de un wáter que no deja de ser poesía pura y el ámbito más democrático que existe. Es ahí donde vemos si la sociedad es xenófoba, si es política o apolítica. Ese lenguaje ruin de las puertas de los wáteres es información. El anonimato permite analizar el ruido.

¿Qué pasó con esos anónimos?

Me tuve que ir de la ciudad en la que vivía. Parecía que la oligarquía cleptómana que nos ha estado gobernando no permitía a nadie decir nada. En Valencia llegó un momento en el que ya no podía trabajar. Ahora vivo entre Madrid y Barcelona.

¿Qué le ha descubierto su estancia en Barcelona respecto de su experiencia vital en y Valencia?

La política de cultura en Cataluña está en un proceso de valencianización preocupante. La decadencia de Valencia se está trasladando a Cataluña y a más sitios porque este país nunca se ha preocupado por tener una buena política cultural. En España aún colea del franquismo un grave déficit cultural.

 

LA NUEVA ESPAÑA (14/03, p. 60-61).

FARO DE VIGO (15/03, p. 48-49).

(14/03, p. 66-67).

INFORMACIÓN (15/03, p. 70-71).

LA PROVINCIA (14/03, p. 82-83).

DIARIO DE MALLORCA (14/03, p. 49-50).

LA OPINIÓN DE MURCIA (15/03, p. 66-67).

LA OPINIÓN DE ZAMORA (14/03, p. 34-35).

LA OPINIÓN A CORUÑA (15/03, p. 42-43).

LA OPINIÓN DE TENERIFE (14/03, p. 42-43).

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